Tal es el título del primer poema que yo leí. En párvulos, con la monja que me educó en aquellos años. El poema estaba en uno de los libros que tenía ella y de donde leíamos, o aprendíamos a hacerlo, de pie, a su lado, mientras ella iba señalando las letras con una regla. Recuerdo que ese poema venía ilustrado con uno de esos dibujos coloristas típicos de las publicaciones infantiles. Y que ahí, en ese dibujo, doña Pitu Piturra era la loca excéntrica que había imaginado Gloria Fuertes.

Doña Pitu Piturra
tiene unos guantes;
Doña Pitu Piturra,
muy elegantes.

Doña Pitu Piturra
tiene un sombrero;
Doña Pitu Piturra,
con un plumero.

Dona Pitu Piturra
tiene un zapato;
Doña Pitu Piturra,
le viene ancho.

Dona Pitu Piturra
tiene unos guantes;
Doña Pitu Piturra,
le están muy grandes.

Doña Pitu Piturra
tiene unos guantes;
Doña Pitu Piturra,
Lo he dicho antes.

No sabía entonces quién era Gloria Fuertes, no sabía seguramente ni siquiera lo que era ser poeta. Pero es cierto que ese poema que hoy se me antoja extraño y hasta absurdo, tuvo el enorme poder de quedárseme fijado en la mente. Sí, extraño y hasta absurdo pero que ya vive en variantes, como otros grandes poemas: yo recuerdo doña Pitu Piturra, y lo he encontrado por internet en sus dos versiones doña Pitu/doña Pito.

¿Por qué cuando somos niños nos parecen tan divertidas las viejas locas? Recuerdo que a mis alumnos de primero de ESO no hay lectura que les parezca más divertida que la de Konrad, el niño que nació en una lata de conservas. La madre adoptiva de Konrad es la señora Bartolotti, una loca del estilo Pitu Piturra, que posiblemente acabe también en el imaginario de mis alumnos pequeños.

La palabra tiene el poder de subyugarnos. No es ni siquiera necesario que sean palabras bellísimas o profundísimas. Lo que cuenta es que, por un motivo o por otro, se queden perennes en nuestra memoria. Siempre me acuerdo de la definición que el filólogo Francisco Rico dio de un clásico: es el texto que dice algo de una forma que sabemos que es imposible mejorar. Que dice algo de una forma tan potente, y posiblemente perfecta, que se nos quedó en la mente y ya no podemos imaginar decirlo de otra forma. A veces se nos quedó grabada una frase, otras la tradición la convirtió en clásica (siempre nos quedará París). A su modo, toda palabra fijada en la mente de alguien tiene en sí misma el germen de la poesía.

Hablé en el primero de mis blogs de doña Pitu Piturra, en una entrada en que hablaba de los tebeos de mi infancia. Señal de que doña Pitu Piturra ahí sigue, siempre presente, desde que un lejano día la conocí en un viejo libro de texto. Todavía faltaban años para que conociera a su dueña, la poeta Gloria Fuertes.

gloriafuertesCuando se asomó por primera vez por la tele lo hizo con unas palabras (y una voz, dicho sea de paso) que consiguió el mismo poder hipnótico que tuvo en mí su doña Pitu. Un periodista le preguntaba si fumaba, y ella respondía que sí. El periodista insistía, ¿rubio o negro? Y entonces ella soltaba uno de sus poemas absurdos: Fumo negro, si no tengo negro fumo rubio, y si no tengo rubio entonces me fumo el dedo. Juro que lo dijo, o por lo menos juro que lo recuerdo así. Me dio algo de miedo, esa voz, esas cosas… resultaba inquietante. Años después llegaron las parodias de Martes y trece, pero sobre todo la conciencia de que era una poeta notable, una voz especial, una mujer valiente. Supe que su nombre iba indisolublemente ligado al del postismo, esa locura vanguardista en la aburrida España de Franco; que muchos de sus poemas conjugaban vanguardismo con una clara apuesta social. Gloria Fuertes seguía pareciéndonos una loca divertida, como su doña Pitu Piturra, probablemente también un alma atormentada, y sin ninguna duda una voz poética a tener en cuenta.

Para mí lo es. Ella fue quien me enseñó lo que era un poema. Y que a veces la gente absurda es mucho más interesante.

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