Hay grafitis que con dos palabras son capaces de mostrar un mundo. Por ejemplo estos que adjunto en esta entrada, fotografiados con meses de diferencia. Muestran un mundo, como digo, pero un mundo de pavor. Pedirle a Franco que vuelva es ya un síntoma de la verdadera naturaleza del escribidor de grafitis. Sólo imaginarlo me pone a temblar, porque Franco fue, lo quieran o no lo quieran sus fans, un dictador. Decir lo contrario es mentir, por lo menos en mi pueblo (donde por cierto, también hubo franquistas, pero ese ya sería otro tema). Y reivindicar a un dictador ya nos da una idea de la ralea moral de quien lo hace. Creo que soy respetuoso, pero hay cosas con las que no puedo. Y esa es una.

Pero el escribidor de los grafitis de hoy, el franquista orgulloso que le pide a un muerto que resucite (yo se lo pediría también a muchos muertos, pero desde luego no a Franco), el señor que tiza en mano va marcando de franquista las calles de mi ciudad, comete una atrocidad aún mayor. ¡Pedirle a Franco que vuelva, y además pedírselo en catalán! No me diréis que no tiene guasa la cosa. Primero porque Franco no le va a entender si se empeña en hablar esta lengua vernácula (que se sepa no hablaba catalán en la intimidad). Pero es que además, si volviera, si nos hiciera la gran putada de volver, lo primero que iba a hacer es prohibir la lengua que su reivindicante a usado para reivindicarle. Hay paradojas apasionantes, y otras que son una pena. La presente pertenece al segundo grupo.

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