Caganers

Siempre me extrañó la tendencia a lo escatológico de los catalanes. No he visto ningún estudio sociológico al respecto ni me he interesado de manera especial sobre el tema. Sencillamente me ha llamado la atención.

Mientras que, por lo general, el día de navidad llega el Papa Noel, o el Olentzero en Euskadi, en Catalunya fem cagar el tió, o la soca. Los niños catalanes han dado durante todo el mes de diciembre abundantemente de comer a un tronco (el tió) con la finalidad de que éste cague abundantes regalos la tarde de navidad. Recuerdo que cuando era niño subían las tías y le atizábamos con rabia al tronco que cumplía generosamente con su cometido.

Cuando íbamos a buscar setas, costumbre muy arraigada aquí, mis padres me advertían que no se me ocurriese coger el temible pet de llop (pedo de lobo), un hongo infecto que si se aplastaba con los pies levantaba una polvareda pestilente.

Ya de forma más agradable recuerdo esos dulces pequeñitos y redondos, crujientes, un tipo de galleta que suele aparecer en casi todos los surtidos, y que en Catalunya recibe el curioso nombre de pet de monja (pedo de monja).

Y finalmente tenemos el entrañable caganer, la figurita de un hombre (o mujer, en las versiones más actuales) que hace sus necesidades y que colocamos en un rincón discreto del belén. Como se sabe, desde hace unos años se han puesto de moda los caganers de personajes famosos. Tan pronto como existe nuevo presidente del gobierno, nuevo president, nuevo líder internacional, nuevo papa, o algún personaje se convierte en fenómeno mediático por el motivo que sea aparece la pertinente figurita que lo entroniza como caganer. En Catalunya sólo es alguien quien aparece cagando. Siento la crudeza, pero es así. En la foto de esta entrada podéis ver al papa, a la Merkel, a Obama, a los jugadores del Barça, a Guardiola, al inefable Mourinho, a Pau Gasol, a los políticos locales, a Rajoy, al Dalai Lama, a la reina de Inglaterra, a Rafa Nadal, a Cristiano Ronaldo, a Sandro Rosell, a Bruce, a Marilyn, a Epi y Blas junto a la Pantera Rosa, hasta al cantante del Gangnam Style y a la ácida Mafalda, todos ellos en idéntica pose.

IMG_2535aEsta tendencia a lo escatológico en Catalunya, que desconozco si se da en otras culturas, creo que tiene, más allá de la cuestión simplificadora de la risa no elaborada, un rasgo de carácter que me parece remarcable. Catalunya, creo, tiene muy poca tendencia al mito. Me parece que aquí no mitificamos a mucha gente, en general (y salvo excepciones). Mientras que otras culturas tienden a subrayar la importancia de la gente, aquí ladeamos la cabeza y decimos, collonades. Aquí no tenemos duquesas de Alba a las que les gritamos guapa cuando pasan. ¿Ello nos hace más aburridos? Me temo que sí. Además una cierta tendencia al mito es buena e incluso necesaria. Lo contrario te convierte en un pueblo descreído.

Cuando se reconstruyó en el siglo XIX el Gran Teatre del Liceu (hecho por suscripción popular entre los burgueses porque los Madriles no quisieron poner ni una peseta) en justa revancha se decidió no poner palco y pensaron que si venía la reina que se se sentara entre el público, ni más ni menos. De hecho el Liceo es de los pocos teatros de ópera antiguos sin palco. Todos iguales. Porque es bien sabido que caga el rey y caga el papa. Si es cierto que la muerte nos iguala a todos, también esto otro nos iguala. Probablemente esta tendencia a la escatología tenga que ver con este aspecto.

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Collage

Cuando me compré mi cámara digital, hace ya unos años, me pareció muy divertido lo de no tener que pagar para revelar. No sé cómo, el caso es que comencé un proyecto en mi tiempo libre. Un proyecto digno del fotógrafo de calidad que nunca he sido ni nunca seré: salir a mi balcón y fotografiar la vida que iba sucediendo fuera. Sin ninguna voluntad morbosa, que nadie piense mal. Años después descubrí que un gran fotógrafo, de amplísimo recorrido profesional, había tenido la misma idea, pero él con resultados de excelencia. Si visitáis el blog de Paco Elvira descubriréis que tiene una sección que titula precisamente “Fotos desde mi ventana”, y suelen ser instantáneas muy divertidas, reflejo fiel de la vida que discurre sin descanso. O el blog de Jan Puerta, en que se dedica a cazar la actitud humana en unas instantáneas impactantes.

¿Qué hacer con esas fotos hechas por mí desde mi balcón? Se me ocurrió elaborar un denso collage que acabó pareciendo uno de esos dibujos del Encuentra a Wally. Recortaba las figuritas y las pegaba, como si se tratara de un muestreo de la humana especie, en sus actitudes diversas: uno yendo a la compra, el otro viniendo con el carro, el técnico con su maleta o llevando la escalera a cuestas, el basurero, el ama de casa, el anciano que tomaba el sol en una esquina, el niño jugando con un balón… Si os fijáis bien hasta cabras encontraréis. Cabras de verdad. No, en mi barrio no hay cabras (cómo me cuesta afirmarlo categóricamente). Fue en el pueblo. Les hice la foto y las puse en el collage, pensando que nadie las vería (y sí, nadie las vio, porque no mostré nunca el collage a nadie). Fotografié a amigos que vinieron a verme, a familiares, hice incluso que me fotografiaran a mí. Pero la inmensa mayoría son gente completamente anónima que pasaba por la calle.

Era divertido, salir, apostarse en el balcón. Cuando anochecía a veces saltaba el flash y el relámpago brillaba en toda mi calle, que no es muy ancha. Entonces la gente levantaba la vista y miraba extrañada hacia las alturas. O alguno estaba haciendo fotos o se había aparecido la Virgen.

Y cuando estuvo acabado el collage lo mostré a un amigo que vino a cenar. Pensé que se reiría, que iba a decir que mis locuras tenían un punto absurdo y otro punto divertido. Pero no. Se quedó callado y mirándome fijamente me dijo:

– Parece el trabajo de un serial killer que busca próxima víctima…

Me detuve en seco. Nunca lo había mirado de ese modo. Intenté olvidarlo pero no pude. ¿Serial killer, yo? ¿Yo que siempre he apostado por la no violencia? ¿Podría ser?

Bueno. Han pasado varios años y nada parece indicar que mi amigo tuviera razón. Se trataba de un pasatiempo si se quiere absurdo pero totalmente inofensivo. Es por eso que ahora me atrevo a compartirlo. 

Trias y los carteristas

Llevo unos días pensando críticamente en lo que está sucediendo con nuestras izquierdas; leyendo propuestas que hacen algunos colectivos y buscando en esas propuestas la posibilidad de un camino. Supongo que todos, en mayor o menor medida, desde nuestra posición de orfandad ideológica en esta Europa en crisis, nos hemos planteado cuál debería ser la solución a esta inexistencia actual. Quizá la tibieza de un partido demócrata europeo (espero que no). Quizá la contundencia de los antisistema. Quizá acercar los planteamientos antisistema al propio sistema (las CUP en Catalunya plantean esa vía). O quizá, una síntesis posibilista pero sin dejar nada importante por el camino. És posible que esta última tendencia tengamos que buscarla en otros lares, en América del sur por ejemplo, en esos movimientos progresistas que tanto han querido desprestigiar los dueños del sistema en Europa. Aprender de ellos. Yo, últimamente, me estoy inclinando por esta última posibilidad. Es muy posible que la izquierda europea se acerque cada vez más a Chávez, a Evo… Probablemente esa sea la solución.

De momento nuestra izquierda europea ha conseguido básicamente una cosa: indignarnos. Por la forma de encarar la crisis. Pero también por la forma de encarar la cotidianidad. Veamos un ejemplo que puede sorprender a la vista de lo que llevo dicho.

La inseguridad en el metro de Barcelona hace tres y cuatro años, ya antes de la crisis, era insostenible. La gente se quejaba pero el gobierno de izquierdas de mi ciudad (PSC + ICV) decía que no podía hacer nada. Se hizo popular una señora que, harta de ver cómo se robaba a ciudadanos y turistas ante sus narices, se compró un silbato y comenzó a patrullar el subsuelo urbano.

La situación me recuerda lo que ocurrió en Badalona más o menos por las mismas épocas: barrios humildes se vieron invadidos por gitanos rumanos que estaban de fiesta hasta las tantas de la madrugada, convirtiendo su barrio en un supermercado de la droga, impidiendo la vida normal y digna de los ciudadanos, generalmente muy humildes. Cuando se les preguntaba a los responsables del consistorio de izquierdas por qué no actuaban su respuesta era siempre la misma: para no crear conflicto. Eso por decir algo, puesto que el conflicto ya existía. Resultado: en las siguientes elecciones locales ganó el PP con un discurso racista que daba miedo. (Recordaré siempre cierto comentario mío en un blog amigo, en el que se me dijo de todo a raíz de una conversación parecida a ésta. Lo más suave, el siempre socorrido insulto de fascista. Un año después ganaba en Badalona el Partido Popular).

Volvamos a Barcelona: la cosa se puso muy fea no solamente en el metro sino también en las zonas turísticas del centro. Dejando de lado el espinoso y siempre barcelonés tema de la prostitución, que se había degenerado hasta el punto de que las putas satisfacían a sus clientes en plena calle (literalmente como puede verse), seguían los carteristas haciendo de las suyas en las Ramblas. Al poco tiempo ganó el alcalde de derechas Xavier Trias.

Estos argumentos que esgrimo, que son en realidad una denuncia de situaciones de abuso que sufren curiosamente los más humildes, es tildada de fascismo por la intelectualidad de izquierdas.  El argumento de esos intelectuales es que la contundencia no soluciona el problema de fondo. Como si la permisividad solucionara alguna cosa (a parte de generar mayor desprotección de quienes serían sus votantes potenciales).

Sigo pensando que es posible combinar la preocupación social con unas normas que permitan que podamos vivir mejor y más seguros. Yo espero las izquierdas pronto. Que se busquen y apliquen modelos diversos, que se apueste por ellos, como decía al principio. Pero que cuando llegue esta nueva izquierda, que ojalá sea pronto, no se cometan los mismos errores, y que esos errores no acaben convertidos en marca de la casa.

(Noticia del 13 de julio: los carteristas del metro descienden un 19% en Barcelona. Noticia del 1 de septiembre: están descendiendo los hurtos en las Ramblas.)

Plástico

A veces la memoria nos trae recuerdos inesperados o genera asociaciones. Me acuerdo, por ejemplo, de que cuando yo iba a párvulos (año 70 ó 71) mi madre recogía los envoltorios de plástico de los paquetes de tabaco (en aquellos años todo el mundo fumaba) y rescataba el precinto que lo sellaba. Tras haber acumulado una bolsa llena de precintos, los entregaba a una señora del mercado que ella conocía. Le aseguraban que con un quilo del plástico de los precintos se compraba una silla de ruedas para un impedido. Mi hermano y yo, en cuanto alguien tiraba al suelo un plástico de cajetilla de tabaco, lo recogíamos y arrancábamos el precinto para dárselo a nuestra madre.

Debo decir que esa no era una excentricidad familiar. En la Barcelona de aquellos días lo hacía casi todo el mundo. Existía un amplio acriticismo respecto a esa creencia, porque que yo sepa nadie vio nunca ninguna silla de ruedas, y creo que tampoco nadie se cuestionó si alguien vendía ese plástico de los precintos, de mejor calidad que el plástico normal, a buen postor, y se sacaba un dinerillo extra a costa de las buenas intenciones de la gente.

Lo de los precintos pasó, como pasan todas las cosas. Y se perdió en las brumas del recuerdo. Hasta que esta nueva crisis de ahora me trajo a la memoria aquel episodio, con nuevos plásticos que guardar. Mi madre, claro, se ha apuntado al carro. También en el centro donde trabajo. La señora de la frutería lo mismo. E incluso en el supermercado han puesto una caja recolectora. Pero ahora lo que se recoge no son precintos sino tapones. Por lo demás, exactamente lo mismo. Sillas de rueda, sentimiento de solidaridad en abstracto y probablemente (o probablemente no, que criticar siempre es muy fácil) caraduras que hacen negocio con los tapones que recogen otros. Es cierto que en estos cuarenta años que van de los precintos a los tapones yo he aprendido a ser descreído. Aunque me imponga, con mayor intensidad que nunca, el respeto hacia las conciencias de las gentes que hacen eso con la mejor de las intenciones.

IMG_2170Pero en esta entrada no quería hacer una advertencia fácil sobre la mentira que puede esconderse detrás de una acción generosa, sino convertir en metáfora la miseria que nos rodea. No sé si es cierto lo de la silla de ruedas. Pero sé que estamos tan mal y tenemos una conciencia tan mísera de nuestro sistema de salud y de solidaridad que hoy por hoy resulta más fácil creer en los tapones y entes generosos que compran sillas de rueda que no en un sistema de solidaridad estatal efectivo. Para la mayoría, lo público ha dejado de ser creíble.

Con uñas y dientes frente a Güert: desobediencia civil si fuera necesario

La entrada de hoy debe leerse a modo de coda a la entrada anterior, también como apunte de urgencia. A modo de ejemplo de lo que ese Güert a quien sufrimos (le españolizo el apellido, para que aprenda) y, en su nombre todo el gobierno central, pretende hacer en Catalunya con el catalán. Visto lo visto, lo que me resulta más sorprendente es que haya todavía personas que no comprendan los motivos de las protestas independentistas que se están viviendo aquí. Personas que piensan que son exageradas y sin fundamento. Y que proponen seguir andando juntos, de la mano, como en una peli de Navidad.

En el post anterior hablaba de los casi dos millones de catalanes que actualmente apuestan por el estado propio. A mí me parecen muchos, y que sean tantos da sentido a la propuesta. Pero desde luego somos muchos más los que defendemos nuestra lengua, ese idioma que algunos peperos se llenan la boca reivindicando como patrimonio de la diversidad cultural española pero que, a la hora de la verdad, no dudan en convertir en lengua residual, optativa y no troncal. Se adivina que para ellos es un acerbo cultural que les molesta y les incomoda. Ese proceso de destrucción recibe el rumboso nombre de españolización.

escolaEste proyecto de ley aquí ha sido recibido con uñas y dientes. Lo asumimos como lo que es: un intento de debilitar nuestra cultura y asestarle, si es posible, un golpe que inicie su debilitamiento gradual. No es que seamos mal pensados: es sencillamente que observamos lo que se está haciendo con el catalán/valenciano/balear en Valencia y las islas o con el gallego en Galicia. Miramos, vemos, comprendemos, y sacamos nuestras propias conclusiones. Todos los partidos catalanes con representación menos el PP y Ciutadans (es decir, incluyendo a los socialistas) estamos juntos en esta defensa. La defensa de algo que existe desde 1980, desde antes incluso, y que ahora de repente se ve como el colmo del despiporre de la descentralización. Lo que fue bueno en 1978 no puede destruirse ahora. El proceso uniformador que se ha visto en Galicia, en Valencia, en Illes Balears, quieren imponerlo ahora en Catalunya, pero desde Madrid. Es lo que el que fue President Jordi Pujol, en sus alertantes discursos de los últimos tiempos, viene definiendo como un proceso de residualización de la cultura catalana. Una agresión en toda regla a un modelo de convivencia y a una cultura. Por ello defendemos que en casos extremos, y éste lo es, puede recurrirse a la desobediencia civil.

Leo en el blog Sense embuts lo siguiente: “Una técnica que usaban en el pasado algunos amos con sus esclavos consistía en aplicar regularmente castigos físicos y penurias innecesarias injustificadas. Así, cuando se daba una situación de normalidad el esclavo tenía la tendencia a sentirse agradecido con su amo. Para ello algunos esclavos participaban también de ese juego perverso. A cambio de algunos privilegios, estos buenos esclavos se dedicaban a subrayar ante sus compañeros la magnanimidad del amo.”

La consellera de educació de la Generalitat ha hecho, a propósito de lo que hoy comento, unas interesantes declaraciones en el periódico Ara. Tras señalar la oportunidad de un borrador que se presenta justo después de las elecciones catalanas, asegura: “Han iniciado un ataque que es una estrategia para estos próximos dos años en que la suma parlamentaria lleva a una voluntad clara y contundente, proclamada por el mismo presidente [Mas], de llevar a cabo la consulta [sobre el estado propio]. En ese caso, ¿qué les interesa? ¿Que sean dos años tranquilos o movidos?”

Y en todo este panorama nos desayunamos diariamente con noticias diversas que resulta imposible glosar a diario, dada la abundancia: hoy en La Vanguardia leo que “Un general del Ejército alerta sobre la corriente de opinión de militares que quieren intervenir Catalunya” (aquí) mientras que ayer asistía a la justificación de la señora Sonia Gumpert, candidata a presidir el Ilustre Colegio de abogados de Madrid,  asegurando que ni ella (a pesar de llevar un apellido sospechoso, la pobre)  ni nadie de su junta tiene nada que ver con los catalanes (aquí el comunicado sobre la limpieza de sangre de estos castellanos viejos). Mientras tanto Güert, ya más españolizado que nunca, no se sonroja al compararse, en la mejor tradición del Jesulinismo de Ubrique, con un toro. No, no me lo invento. Güert es como un toro.

No me digáis que no dan ganas de irse. Y de irse ya. (Quizá por eso, porque saben que ellos mismos alimentan el independentismo y porque en el fondo están más preocupados de lo que dan a entender, Rajoy escribe hoy un panegírico sobre la Constitución en La Vanguardia. Para que los catalanes aprendamos y valoremos esta Constitución de la que la mayoría nos declaramos absolutamente ajenos y excluidos.)

Un análisis del voto catalán

urnaTras una semana bastante intensa (exámenes, corrección, actividades, compromisos…) por fin puedo sentarme a comentar el resultado de las elecciones del pasado domingo en Catalunya. Dediqué un post al tema el día 20 de noviembre, es decir, cinco días antes de ir a votar. Y compruebo ahora que no iba tan desencaminado en mi análisis. Escribí, por ejemplo: “el número de diputados catalanistas quedará aproximadamente igual a como está ahora (CIU 62 + ERC 10 + IC 10 + SI 4 = 86 de 135 en la actualidad). Diputados arriba o diputados abajo, creo que las cosas y los tantos por ciento se mantendrán más o menos. Y, sobre todo, no tanto el número de diputados, que eso con la ley electoral que tenemos siempre es engañoso, sino el número de votos directos”. Hoy, ya sabemos que el resultado ha sido CIU 50 + ERC 21 + IC 13 + CUP 3 = 87. Acierto, pues, en los diputados.

En los votos no. A causa de la mayor participación han aumentado tanto los catalanistas como los españolistas. El independentismo o la búsqueda de soluciones alternativas respecto a la relación con España, en su conjunto, sigue siendo la opción mayoritaria. Lo que seguramente ha ocurrido es que los catalanes hemos optado por un tutelaje compartido de la voluntad secesionista. En definitiva, los 72 diputados de CIU + ERC se mantienen casi iguales (de 72 a 71). Quien creyó al día siguiente de las elecciones que el proceso estaba hundido por falta de apoyo se equivocó radicalmente. Si está hundido, en caso de que lo esté, no es por falta de apoyo sino por la dispersión. Ya en mi texto del día 20 escribí: “Al catalanismo político le pierde lo mismo que le pierde a la izquierda: la dispersión del voto.”

En aquel post escribí también sobre algo que se detectaba en el ambiente: la irrupción de las CUP. Se veía venir, porque algunos amigos me comentaron que estaban considerando su voto en esa dirección. Es un partido asambleario que cae bien, y con unas apuestas seguramente necesarias. Pero, digámoslo todo, marginal, minoritario, de esos partidos que nunca son apuesta de gobierno. No sé, puede que me equivoque en esta apreciación, pero no lo creo.

La cosa ahora parece bastante clara: un pacto directo o indirecto de CIU y ERC. No voy a mentir: me gustaría. No porque tenga la seguridad de que vaya a salir bien (¿quién puede tener una seguridad semejante tratándose de políticos?). Además siento que es lo que desea la mayoría de catalanes. No es la primera vez que ambos partidos se necesitan el uno al otro: ya en 1980, muchos años después en 2003 (aunque entonces Carod optó por hacer president a Maragall), en 2006 (cuando Carod optó por Montilla)…  Es como si los catalanes hubiesen estado forzando ese acuerdo casi imposible desde siempre. Creo que ahora no va a quedar otro remedio. Y espero que, por fin, sea para bien. Debo decir, si se me permite, que Oriol Junqueras es un tipo que me merece mucha credibilidad.

Varios apuntes. Los 90.000 votos que ha perdido CIU no son una sangría (conserva más de 1.100.000). ERC no ha ganado 90.000, que sería lo fácil, sino aproximadamente 250.000. Y finalmente otro apunte más: el de que la España centralista (PP + Ciutadans) suma sólo 28 diputados del total. Tras las elecciones queda, pues, una certeza. Una certeza que la prensa internacional ha sabido transmitir (obviamente la española no): la de que la mayoría de catalanes estamos por un cambio, por dar un paso hacia adelante. La de que los catalanes nos sentimos mal en esta España actual.

Cuando Madrid cree que ya ha acabado con el problema catalán este vuelve a resurgir en menos de un mes. Cuando una CIU no muy reivindicativa perdió en 2003, llegó el tripartito y España tembló. Cuando perdió el tripartito, los españoles recibieron a Mas felices de la vida, sin sospechar que ya el día de su juramento prometió lo que ahora tanto se ha recordado, la llamada “transició nacional”. Y mientras el domingo pasado ya lo estaban enterrando, es muy posible que acabe asomando de la mano de la bestia de todos los males: ERC. ¿Y si el problema catalán no fuera en realidad un problema? ¿Y si fuera una solución que todos se empeñan en negar?

Estrés y perspectiva

No siempre el estrés es negativo, como no lo son los prejuicios. Recuerdo que hace un tiempo estaba con un amigo psiquiatra (es decir, acostumbrado a analizar la mente humana) y yo le comenté de lo negativo de los prejuicios y los problemas que se derivaban. Él me hizo ver que el prejuicio ha permitido a la especie humana avanzar: si de algo se ha derivado un peligro, lo hemos incorporado como prejuicio para estar atentos la próxima vez que se crease una situación parecida. Lo que seguramente es negativo es no colocar nunca el prejuicio bajo sospecha, ni preguntarnos si el elemento que lo originó sigue siendo motivo de peligro.

Con el estrés ocurre otra tanto. El estrés, como dice el artículo que hoy traigo, no es otra cosa que “una respuesta adaptativa”, un elemento necesario para nuestra supervivencia personal o como especie. El estrés, como el dolor, no son malos en sí mismos: son respuesta a una pregunta que probablemente ni siquiera nos formulamos. Son síntoma.

El investigador colombiano Santiago Rojas (autor del libro Desestrésate) va incluso un poco más allá: en el estrés distingue entre distrés y reutrés. Señala que ya desde la antigüedad se señaló la existencia de un estrés positivo, que nos permite estar alertas, vigilantes, y por tanto nos permite aprender y avanzar, un estrés que saca provecho de las experiencias (el que él reconoce como reutrés) y una estrés negativo, paralizante, creador de traumas, estéril, rodeado de miedo y generador de enfermedades (al que denomina distrés). ¿Por qué el estrés tiene tan mala fama, pues?, le pregunta el entrevistador, ¿por qué lo identificamos solamente con algo negativo? Rojas habla de la tendencia humana a quedarnos con lo malo, a subrayar y sobredimensionar lo malo, a penalizar cualquier forma de tensión. Exactamente lo mismo que hacemos cuando hablamos de colesterol, ese bicho moderno que sin embargo, en su buena acepción, es también necesario.

¿Qué diferencia hay, pues, entre eustrés y distrés? Según Rojas, una sola: cortisona. Que es lo que segregamos con el distrés, y que es lo que nos lleva a esa situación desagradable que reconocemos, genéricamente, como estrés.

¿Y cuál es la manera posible para que lo malo se convierta en bueno (ya hablemos de estrés, de colesterol, o de lo que sea)? En muy pocas palabras: “cambiar la perspectiva de las cosas”.

Podéis leer la entrevista a Santiago Rojas en el siguiente enlace.

Las piezas que encajan

El hombre, un periodista deportivo, acudió un buen día a un programa de entrevistas de la televisión inglesa y ahí contó su verdad. Esperaba que todo el mundo le escuchara con respeto e incluso con asombro. Esperaba despertar una brizna de duda en su auditorio, generar alguna pregunta, pero no fue así. Lo que despertó fue un ataque de risa. De repente se dio cuenta de que el público, espoleado por el presentador, se estaba riendo de él.

A partir de aquel momento su vida se convirtió en algo parecido a una pesadilla. Su nombre quedó asimilado al chiste, a la risa, al absurdo, a la locura. No podía ir a ningún sitio: la gente se moría de risa sólo con verle. Le señalaban por la calle. Ponía la tele y los humoristas hacían chistes fáciles. La gente, al escuchar su nombre, no podía evitar la risa. Su gran verdad se había convertido en su gran pesadilla.

Quince años después el hombre volvió al mismo programa. Pero ahora las cosas habían cambiado. En esos quince años algunas personas habían decidido dejar de reírse y escucharle. Y muchos, aunque no estuvieran de acuerdo con él, descubrieron que el hombre de quien tanto se habían reído, tenía razón por lo menos en algunas cosas.

Cuando volvió al programa manifestó que aquella experiencia de quince años atrás le reveló “el nivel de inmadurez” de la gente que se reía absurdamente sin pararse a pensar. Y también “cómo de fácil es para unos pocos controlar a tantos”. La entrevista continuó por esos derroteros, y quedó sin disimular el desprecio del presentador. El entrevistado se zafó con ingenio. Esa era su venganza. Y el tiempo: el tiempo transcurrido.

La gran pregunta que queda por contestar es quién es este hombre y cuál era su gran verdad por la que toda Gran Bretaña se estuvo riendo durante quince años. No lo diré. Tan sólo adelantaré su nombre: David Icke. Y, tras ver el vídeo que os aconsejo vivamente, invitaré a que cada uno busque la información. Sí, cuando yo lo leí por primera vez también me reí, exactamente igual como os vais a reír vosotros. Sin embargo, y sin ser nunca fan absoluto de ninguna religión, actualmente ya no me río, o por lo menos no me río tanto. Queda el interrogante abierto. Lo que han empezado a encajar son las piezas. Y por eso me parece todo tan inquietante.

Votos

El domingo próximo votamos en Catalunya. Y yo creo que el número de diputados catalanistas quedará aproximadamente igual a como está ahora (CIU 62 + ERC 10 + IC 10 + SI 4 = 86 de 135 en la actualidad, el 63,7% del arco parlamentario). Diputados arriba o diputados abajo, creo que las cosas y los tantos por ciento se mantendrán más o menos. Y, sobre todo, no tanto el número de diputados, que eso con la ley electoral que tenemos siempre es engañoso, sino el número de votos directos. ¿No ha cambiado nada, entonces? Bueno, ha cambiado todo. Ha cambiado lo que se conoce como centralidad política. Han cambiado los debates. Pero, sobre todo, una gran parte de los catalanistas se ha decantado por la independencia. Es decir, yo no creo que el número de catalanistas sea mayor ahora que hace dos años. Lo que creo es que esos catalanistas quieren otra cosa.

Al catalanismo político le pierde lo mismo que le pierde a la izquierda: la dispersión del voto. Esto, que es negativo en el momento de tejer una mayoría sólida, es bueno, porque es fiel reflejo de una sociedad plural. El pasado domingo hubo un debate (récord de audiencia, por cierto) en que se juntaron siete partidos con representación alrededor de una mesa. Sin pluralidad no merece la pena iniciar ninguna aventura.

Debido a esta dispersión no creo que CIU saque mayoría absoluta. Si hace dos años los únicos partidos claramente independentistas fueron ERC y SI, ahora deberemos sumarle CIU, que supone el grueso del Parlament.

Pero esos tres partidos (CIU, ERC y SI) más IC, que sin ser propiamente independentista tiene muchos simpatizantes a favor, no son los únicos en que se puede refugiar el voto independentista: tenemos un quinto grupo. Se trata (recordad ese nombre) de las CUP (Candidatura d’Unitat Popular), un partido que no sólo ha dado su apoyo al movimiento de los indignados en Catalunya sino que lo ha nutrido. Las CUP no es un partido al uso que se haya aprovechado del movimiento indignado: las CUP son los indignados, ellos mismos. Y a la vez es también responsable del crecimiento del sentimiento independentista, ya que se vinculó y promovió las consultas populares que nos han llevado al panorama actual.

Tras una campaña tan asquerosa, en que se ha apelado constantemente al voto del miedo, en que se ha acusado sin pruebas (como si no hubiera bastantes argumentos para acusar de otras cosas con multitud de pruebas), en que se están utilizando todos los medios, sobre todo los más zafios, para que el independentismo no avance (¿por qué no prueban a usar un método en positivo, la ilusión por ser español por ejemplo?) no me queda más que pedir que por lo menos, aunque las elecciones no sean del todo libres si lo que está en juego no gusta al Estado, por lo menos se respete la decisión de la mayoría.

Música para acabar: Cal que neixin flors a cada instant, canción emblemática de Lluis Llach cedida por el autor para la campaña de ERC.

La fe no es esperar, la fe no es soñar. La fe es una penosa lucha por el hoy y por el mañana. La fe es trabajo, la fe es dar la mano. La fe no es vivir de los recuerdos. No esperemos el trigo sin haberlo sembrado. No esperemos que el árbol dé frutos sin podarlo. Debemos trabajarlo, regarlo, aunque los huesos nos duelan por el esfuerzo. No nos detengamos en el pasado que ya no existe. Una flor de hoy se marchita antes de llegar a mañana. Es preciso que nazcan flores a cada instante. Enterremos la noche y el miedo. Apartemos las nubes que esconden la luz. Debemos ver con claridad, el camino es largo, y no tenemos tiempo para equivocarnos. Debemos ir hacia adelante sin perder el paso. Es preciso regar la tierra con el sudor del duro trabajo. Es preciso que nazcan flores a cada instante. (Ll. Llach)

La vía muerta

Ya expliqué en una entrada precedente mi aventura con el coche cuando iba a trabajar: volqué y se acabó el coche. A partir de aquel momento me convertí en asiduo de Cercanías Renfe, reconvertida luego en Rodalies, y lo que he vivido en todo este tiempo dentro y fuera de los trenes merece un libro o una película de las de ver crecer la hierba.

Trabajaba por aquel entonces en un pueblo de otra provincia, e iba y venía diariamente de Barcelona. Las clases comenzaban a las ocho, llegaba un tren cada cada hora pero no encajaban los horarios: para poder estar puntual a las ocho en el instituto tenía que llegar a ese pueblo a las siete y cinco. Lo cual significaba que tenía que cogerlo a las seis y cinco. Lo cual significa que tenía que levantarme… en fin. Hay que reconocer que tuve mala suerte.

El invierno era duro, intenso. Me refugiaba todas las mañanas en el bar de la estación y dejaba pasar los minutos, haciendo tiempo para empezar el trabajo. Leía y escuchaba las conversaciones de los trabajadores que en aquellos momentos estaban construyendo el AVE Madrid-Barcelona. Recuerdo que cuando los ministros de fomento de turno aseguraban que el AVE iba a estar listo para 2004 yo sabía que estaban mintiendo (efectivamente, no se inauguró hasta 2008). Me divertía observar a aquellos hombres que de buena mañana desayunaban lo que ellos llamaban, en su mezcla de catalán y castellano, una barrecha. Es decir, un vaso lleno de anís mezclado con coñac. Sutil brebaje que me hizo ver que era un milagro que no muriese más gente de accidente laboral y que en todas las cosas, la responsabilidad a veces es compartida.

Desde el bar de la estación hasta el instituto había unos veinte minutos a pie que podía acortar tomando un atajo: pasando por una vía muerta paralela al tren que desembocaba en la zona de atrás del centro. Con frío, sol, niebla o lluvia salía del bar a menos cuarto, me abrigaba bien y comenzaba a caminar con mi maleta colgada por aquella vía muerta. A veces me sobresaltaba un tren inesperado que pasaba por mi lado, pero no había más miedo. Llegaba, saltaba una pequeña zanja profunda y entraba en el instituto dispuesto a comenzar mi jornada.

Cuando lo conté a mi familia se llevaron las manos a la cabeza. ¿Por una vía muerta? ¿Seguro que estaba muerta de verdad? ¿No iba un día a arrollarme un tren inesperado? Les conté lo poco que sabía sobre la existencia de aquella misteriosa vía pero ellos, a pesar de mi seguridad, no quedaron convencidos. No hay como ser joven para sentirse fuerte.

Una mañana de lluvia intensa tomé mi atajo de todos los días, con la maleta en una mano y el paraguas en la otra. Estaba amaneciendo. Cuando estaba a medio camino, justo a medio, en ese punto terrible en que tienes tanto si vas hacia delante como si vuelves sobre tus pasos, tropecé con alguna piedra y me precipité de morros, largo como un día sin pan, en medio de la vía muerta. Me levanté cómo pude, lancé el paraguas destrozado en uno de los rincones y observé, con verdadero espanto, que no podía mover mi brazo izquierdo. Una sensación extrañísima y muy desagradable. Los futbolistas la experimentan cada tanto y hasta alguno se la repara él solo, pero está claro que yo no soy tan aguerrido. Lo segundo peor fue que tuve que decidir si volver sobre mis pasos o ir al instituto, ambas cosas a la misma distancia. Y lo tercero, comprobar que  la caída no sólo me había lastimado el hombro sino la ropa. Estaba hecho un asco, lleno de barro, con las gafas destartaladas, el brazo inmóvil, sólo en medio de una vía muerta, con el alba despuntando y sin paraguas. Volví sobre mis pasos y supe que debía dirigirme al centro de atención primaria del pueblo, que por cierto se encontraba en la otra punta. Cuando llegué a la carretera y comencé a caminar, no sé si llorando o sencillamente mojada la cara por la lluvia incesante, escuché que se acercaba un coche detrás mío. Me di la vuelta y levanté el brazo bueno, sabiendo que naturalmente no iba a parar. ¿Quién iba a pararle a alguien lleno de barro de la cabeza a los pies y mojado hasta los tuétanos?

Pues me paró ella. Otra salvadora en mi vida. Me abrió la portezuela y me preguntó si podía ayudarme. Me llevó, mirándome preocupada a cada semáforo, como si me fuera a desvanecer de un momento a otro. Me dejó a la puerta del centro y yo, antes de salir, le hice la pregunta inevitable. ¿Por qué me había recogido? ¿Cómo se había fiado de mí, con esa pinta terrible que traía? Me miró muy fijamente y me dijo algo que no he podido olvidar: fueron tus ojos. Los vi y supe que necesitabas ayuda.

Bueno, luego vino lo típico: la desagradable sensación cuando te colocan el hombro a sitio, las radiografías, los treinta días de inmovilidad, la baja, la rehabilitación tan dolorosa y pesada.

Me he preguntado muchas veces de qué forma miré a aquella chica, detrás de mis gafas ladeadas. Pero sí que he pedido una cosa, que espero que me haya sido concedida: la capacidad para saber leer los ojos de quienes te piden ayuda, y estar luego a la altura.

Variación Alí

Hace un par o tres de años me dio por la danza (como espectador, obviamente). Nunca me había llamado la atención, ni la clásica ni la moderna, hasta que de repente un día decidí asomarme y me encantó. Seguramente no para convertirme en un forofo, pero sí para disfrutar de los buenos bailarines y de las buenas coreografías.

Llegué incluso a ir al teatro a ver una compañía rusa que llegaba a Barcelona con un Lago de los cisnes. Para ponerme al día me descargué una versión inmejorable que dio a entender lo maravillosa que era esa coreografía y esa música. Los rusos que yo vi resultaron ser unos petardazos, las bailarinas se caían, otras se lastimaban, el primer bailarín estaba pasado de quilos, el segundo no podía con su alma, a la bailarina primera se le movía el tutú, acortaron la obra, se daban de codazos en el diminuto escenario, y entre todos lograron no diré cargarse el Lago de los cisnes, pero sí desde luego reducirlo a su mínima expresión. Aquellos rusos vinieron a Barcelona a enredarnos, y nosotros que somos fácilmente enredables creímos que por el simple hecho de ser rusos bailaban de narices.

En aquellos días aprendí que una coreografía se basa en las llamadas variaciones, partes que con pocos o nulos cambios quedan fijadas dentro de esa coreografía. A veces resulta divertido entretenerse en internet y buscar las diferentes variaciones que han hecho los realmente grandes. Hoy quiero fijarme en una que me gusta mucho. Es breve, contundente, y lo suficientemente arriesgada para ser un momento de esos en que todos, intérpretes y espectadores, aguantan la respiración. Es uno de esos momentos que puede encumbrar a un buen bailarín.

Se trata de la llamada Variación Alí de la coreografía de El Corsario, con música de Adolphe Adam y coreografía del gran Petipa. Aquí se puede ver en las sucesivas versiones del norteamericano Joseph Gatti, el ruso Ruzimatov, y dos de los bailarines más míticos de todos los tiempos: Barysnikov  y Rudolph Nureyev. Y, al final, una versión que no desmerece en absoluto cualquiera de las anteriores. De un español, para que luego digan. Ángel Corella, primer bailarín durante muchos años en el Met de NY.

Cuatro columnas

Cuando Josep Puig i Cadafalch, el gran arquitecto modernista, levantó en 1919 sus cuatro columnas en la ladera que asciende a la montaña de Montjuïch de Barcelona no podía sospechar que iban a permanecer en pie sólo nueve años. Era evidente que las cuatro columnas simbolizaban las cuatro barras de la bandera catalana y eso no gustó al dictador Primo de Rivera. No atendió a razones (cosa habitual en los dictadores) y por mucho que le contaron que simbolizaban la necesidad de luchar por la lengua, por las costumbres y por la identidad, decidió volarlas. Probablemente lo decidió porque ya lo sabía. El caso es que en 1928 las columnas saltaron en pedazos. Es decir, que el asunto catalán viene de lejos. Y los intentos de españolizarnos, también.

En las siguientes fotografías pueden verse las columnas originales y el momento en el que la última caía (hacia la derecha, si os fijáis).

España encadenó dos dictadores en el siglo XX. Es por ello que en el paréntesis de la República no dio tiempo a volver a levantarlas. Se tuvo que esperar a que se muriera Franco. Se puede pensar que ya en 1976 se volvieron a erigir, pero no. Por un lado, cuarenta años borra muchas cosas, y muy poca gente se acordaba de las columnas. Por el otro, el carácter catalán, normalmente flojo, acomodaticio y conservador hizo que se decidiera no remover las aguas y no molestar a las autoridades. El caso es que hacia el año 1994 se comenzó a hablar de la posibilidad de restituirlas pero se inició un debate político tan sonrojante como la mayoría de debates políticos. Puesto que el lugar de las columnas originales estaba ocupado por la famosa fuente mágica de colores (de la que hablé en mi primer blog) unos proponían colocar las columnas más arriba, otros más abajo, y el PP, tan majos ellos, en un lateral, medio escondidas, para que lucieran bien. Al final ganó la opción de más arriba y en 2010 comenzaron a reconstruirse. Tozudos que somos…

Cierto día de otoño de ese 2010 pasé por ahí cerca (creo que iba a visitar alguna exposición al CaixaForum) e hice la foto de arriba. Poco después, en febrero de 2011, se inauguraron por segunda vez.

Veinte meses después las columnas siguen en su sitio. Es cierto que han cambiado ligeramente la perspectiva de la avenida, con la plaza España a un extremo y el Palau Nacional (sede del fantástico y bastante desconocido MNAC, Museu Nacional) en la otra. Si la gente necesita símbolos y proyectos, los pueblos también. Yo no sé si la independencia es una posibilidad o una quimera. Lo que sí sé es que para que nuestra cultura no acabe desapareciendo somos nosotros quienes debemos luchar. Nadie salvará nuestra cultura desde ochocientos quilómetros de distancia, eso está claro. Debemos salvarla nosotros, lo mismo que son los vascos y los gallegos (y los andaluces, y los valencianos, y todas las comunidades humanas) quienes deben luchar para que sus respectivas culturas no acaben diluidas en otras que es, probablemente, lo que algunos están deseando.

Escucho…

Ens agraden les viblioteques de vi. Nos gustan las vibliotecas de vino.
… los calambures…
… los secretos …
… lo legal (y lo ilegal, si no te dejan otra) …
… la movida (madrileña o de donde sea) y los bares …
… hacer de la carencia, virtud …
… los nombres contundentes …
… los finales de cuento …
… y el mundo al revés.

La novela del señor Roca

Un día me trajo su novela y me dijo que me la regalaba con la condición de que fuera sincero cuando se la valorase. Llegué a casa y abrí la novela del señor Roca, agradablemente editada y sufragada por él mismo. Contaba las aventuras de una chica, muy guapa y muy rubia. La historia estaba narrada en tercera persona. De hecho, la novela empezaba con un inequívoco: “Ella se apeó del coche” o algo parecido.

A la página siguiente y sin previo aviso modificaba el punto de vista. Así, de sopetón, lo que había sido “Ella se apeó del coche” se convertía en “Una vez hube salido del coche encendí un cigarrillo preocupada”.

Miré el libro. Aquello era ser valiente. Lo primero que pensé es que se había propuesto ir alternando la primera y la tercera persona a lo largo de toda la novela. Así que busqué si el juego de narradores se iba repitiendo en páginas posteriores, y creí atisbar que no. El resto de la novela estaba contado en primera persona. Me acordé del mítico, extraordinario, inicio de Los cachorros, de Vargas Llosa (“Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fútbol y estábamos aprendiendo a correr olas, a zambullirnos desde el segundo trampolín del Terrazas, y eran traviesos, lampiños, curiosos, muy ágiles, voraces. Ese año, cuando Cuéllar entró al Colegio Champagnat”) y me sorprendí gratamente al comprender que esa novelita había inspirado hasta ese audaz punto a mi buen y nuevo amigo, el señor Roca.

Dejé la lectura para más adelante, pensando que me encontraba ante una obra valiente, que se disponía a romper los convencionalismos narrativos. El siguiente día en que me encontré con el señor Roca no pude evitar comentarle su recurso:

– No he leído más que dos páginas – le dije – Pero me sorprendió mucho tu osadía por lo del cambio de narrador.

Puso cara de no entender nada.

– ¿Qué quieres decir? – me preguntó escamado.

– Lo de empezar en tercera persona y, al párrafo siguiente, pasarte a la primera.

Su cara era un poema.

– No sé qué quieres decir – admitió.

Yo no salía de mi asombro.

– Hombre, no me fastidies… Empiezas la novela en tercera persona, contando la historia desde fuera, Ella se apeó del coche y todo eso, y al párrafo siguiente es la chica quien nos la cuenta, ya en primera.

Palideció ligeramente.

– ¿Yo he hecho eso?

No daba crédito. Se supone que una novela se corrige, se mira, se remira, se tienen en cuenta estas cosas.

– Hombre, Roca, la has escrito tú, no me fastidies. No me digas que no te diste cuenta.

Negó, ante mi estupefacción general. ¿Es posible que alguien que escribe una novela no se dé cuenta de que el párrafo inicial es total y radicalmente diferente al resto? Evidentemente no pude esperar a acabar los otros libros que estaba leyendo. A partir de aquel momento todas las prioridades se conjugaron en la novela del señor Roca. Queda mal decirlo, pero no pensaba en otra cosa que en los otros dislates que pudiera haber cometido.

No había más. No de tanto peso, al menos. La novela era una historia de aventuras de ciencia ficción sobre mundos subterráneos y razas de extraterrestres que viven bajo la capa de la tierra. Nada que objetar: no hay argumentos buenos y argumentos malos. El problema estaba en la forma de contarlo. Por un lado la protagonista era una enciclopedia viviente, lo cual no facilitaba la verosimilitud de los diálogos. Alguien le decía:

– ¿Qué es este mundo subterráneo en el que nos encontramos?

Y ella respondía:

– Se trata de Shambalah, un reino mítico escondido en las montañas del Himalaya. Existe una localidad llamada Śambhala entre el río Ganges y el río Rathaprā. Otros identifican la Shambhala mítica con la localidad llamada Sambhal, en Moradabad. En el Bhagavata-purana, del siglo X d. C., dice que el sabio Śukadeva Goswāmī, etc etc etc.

Es decir, la protagonista se expresaba como si estuviera leyendo de la Wikipedia (que es de donde yo he copiado el fragmento anterior).

Y luego había otra cosa que me resultaba encantadora. La protagonista, muy joven y muy rubia, no podía pasar delante de una fuente, piscina, río, mar o charco de agua. El impulso era más fuerte que ella misma. En esos casos, siempre, sin distinción, se deshacía de la camiseta ajustada y los ceñidos vaqueros, y entraba en el agua dejando que ésta acariciase sus pechos y la desnudez sugerente de su cuerpo. Si tenía algún mozo al lado, ambos hacían el amor apasionadamente,  obviamente acariciados por las aguas, y se dejaban llevar por la pasión embriagadora. Le gustaba nadar desnuda, bucear, y el agua siempre dibujaba el contorno de sus senos y los modelaba. Yo iba leyendo la increíble historia: en cuanto me topaba con la palabra agua, río, o cascada, ya sabía que la tía se iba a quedar en pelotas de un momento a otro.

No hay una voluntad censora en lo que he contado aquí. Sólo la voluntad de provocar una sonrisa con una novela que a mí me provocó muchas. El señor Roca no se llamaba, naturalmente, señor Roca, pero la anécdota es totalmente verídica.

De todas formas yo prefiero siempre las malas novelas a las malas intenciones. Y creo que abundan más las segundas que las primeras.

(Justo es reconocer que uno tiene también amigos que escriben muy bien. Como Isabel Martínez Barquero, del blog El cobijo de una desalmada, que en estos días está por presentar su volumen de cuentos Linaje oscuro. La vida está llena de contrastes. Si queréis saber más sobre la obra de Isabel os remito a su entrada.)

Somiatruites

Hace unos días una amiga puso un vídeo en su facebook sobre un cantautor al que nunca he prestado mucha atención pero que siempre me ha parecido que aporta una visión muy poética y desenfadada de la vida. Recordaré siempre cuando lo vi y escuché por primera vez, cantando en catalán una canción titulada Papa, jo vull ser torero. Pensé que era un gag de un programa de humor. Porque su apariencia de niño que no ha crecido, su voz que es casi un susurro infantil y la letra misma de la canción, en la tan antitaurina Catalunya, o era una broma o era una provocación. O era las dos cosas.

Recuerdo que pensé que si aquello iba en serio, iba a durar poco. Y al ver que iba pasando el tiempo y Albert Pla se asomaba cada tanto a la tele, la radio o la actualidad musical, pensé que probablemente detrás de aquella apariencia burlesca había algo más. Comenzó a alternar catalán y castellano, a hacer versiones de temas muy conocidos (El lado más bestia de la vida, por ejemplo), a musicar poemas (recuerdo ahora los del enigmático poeta Josep Maria Fonollosa)  y a presentar canciones que, a pesar de una voz algo desafortunada, decían algo. Su apuesta continuaba pareciendo muchas veces una provocación, que es uno de los caminos del arte (uno de los menos transitados en la actual época de lo políticamente correcto). En la película Carne trémula, de Pedro Almodóvar, escuché por primera vez, en su voz, una de las canciones más terribles que he escuchado nunca (Sufre como yo). Resultaba muy teatral y efectiva en el contexto de la película. Porque casi todo en Pla es muy teatral, muy melodramático.

La canción que puso mi amiga Nan en su muro de facebook, la que me hizo pensar otra vez en Albert Pla, es una de las canciones más bonitas que he descubierto en estos últimos tiempos. Es la que explica la historia de unos niños que sueñan con tortillas. Pero no porque tengan hambre, sino porque en catalán ser un sueñatortillas, un somiatruites, es ser un soñador, un ingenuo necesario, uno de esos seres cuyo destino es estar siempre en las nubes. Somiatruites, según leí no sé dónde y no sé cuándo, es una canción que dedicó a su hijo y a los amiguitos de su hijo. A esos niños soñadores que tanto se parecen a todos y cada uno de nosotros. Hay una escuela donde sólo estudian los niños soñadores, los niños que están siempre en las nubes. Joan soñaba que su cama tenía alas y a medianoche despegaba y se ponía a volar. Lídia soñaba que su novio era un lobo y se pasaban las noches aullando bajo la luna llena. Fina soñaba que podía respirar bajo el agua y nunca se ahogaba. Y que por ello era íntima de los delfines, los tiburones y las gambas. Marta soñaba que la tierra era cuadrada y que se iba a pasar las vacaciones a otra galaxia. Fidel soñaba que le lanzaba una pedrada al rey de España. Roser, que su madre nunca la regañaba. Cristina que se iba caminando a China. Gerard, que era un gato. Y Joana, que su padre nunca la pegaba.