Cuando me compré mi cámara digital, hace ya unos años, me pareció muy divertido lo de no tener que pagar para revelar. No sé cómo, el caso es que comencé un proyecto en mi tiempo libre. Un proyecto digno del fotógrafo de calidad que nunca he sido ni nunca seré: salir a mi balcón y fotografiar la vida que iba sucediendo fuera. Sin ninguna voluntad morbosa, que nadie piense mal. Años después descubrí que un gran fotógrafo, de amplísimo recorrido profesional, había tenido la misma idea, pero él con resultados de excelencia. Si visitáis el blog de Paco Elvira descubriréis que tiene una sección que titula precisamente “Fotos desde mi ventana”, y suelen ser instantáneas muy divertidas, reflejo fiel de la vida que discurre sin descanso. O el blog de Jan Puerta, en que se dedica a cazar la actitud humana en unas instantáneas impactantes.

¿Qué hacer con esas fotos hechas por mí desde mi balcón? Se me ocurrió elaborar un denso collage que acabó pareciendo uno de esos dibujos del Encuentra a Wally. Recortaba las figuritas y las pegaba, como si se tratara de un muestreo de la humana especie, en sus actitudes diversas: uno yendo a la compra, el otro viniendo con el carro, el técnico con su maleta o llevando la escalera a cuestas, el basurero, el ama de casa, el anciano que tomaba el sol en una esquina, el niño jugando con un balón… Si os fijáis bien hasta cabras encontraréis. Cabras de verdad. No, en mi barrio no hay cabras (cómo me cuesta afirmarlo categóricamente). Fue en el pueblo. Les hice la foto y las puse en el collage, pensando que nadie las vería (y sí, nadie las vio, porque no mostré nunca el collage a nadie). Fotografié a amigos que vinieron a verme, a familiares, hice incluso que me fotografiaran a mí. Pero la inmensa mayoría son gente completamente anónima que pasaba por la calle.

Era divertido, salir, apostarse en el balcón. Cuando anochecía a veces saltaba el flash y el relámpago brillaba en toda mi calle, que no es muy ancha. Entonces la gente levantaba la vista y miraba extrañada hacia las alturas. O alguno estaba haciendo fotos o se había aparecido la Virgen.

Y cuando estuvo acabado el collage lo mostré a un amigo que vino a cenar. Pensé que se reiría, que iba a decir que mis locuras tenían un punto absurdo y otro punto divertido. Pero no. Se quedó callado y mirándome fijamente me dijo:

– Parece el trabajo de un serial killer que busca próxima víctima…

Me detuve en seco. Nunca lo había mirado de ese modo. Intenté olvidarlo pero no pude. ¿Serial killer, yo? ¿Yo que siempre he apostado por la no violencia? ¿Podría ser?

Bueno. Han pasado varios años y nada parece indicar que mi amigo tuviera razón. Se trataba de un pasatiempo si se quiere absurdo pero totalmente inofensivo. Es por eso que ahora me atrevo a compartirlo. 

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