Hace mucho tiempo, cuando me compré mi primer ordenador y comencé a chatear (qué tiempos aquellos) surgió la primera duda creada por internet: ¿cómo llamarme? (¿cuál es tu nick?, era una pregunta muy habitual en aquellos años).  No era fácil. Se suponía que el nick tenía que ser una palabra bonita y que además dijera algo de uno mismo. Tras mucho pensar me incliné por “Orlando”. Sonaba bien. Era un enclave de la Península de la Florida. Allí estaba Disney Wold. Además existía Orlando el furioso, obra de Ariosto, y Orlando significaba Roland, como la Chanson de Roland de la épica francesa. Decidido pues. Orlando, como nick, era perfecto. Aparentemente.

Al identificar la gente mi nick con el tomate frito supe que debía buscar otro de connotaciones menos fáciles. Lo encontré, no diré de qué forma, en Eastriver. Sonaba incluso mejor que Orlando. Era el río del este, pero yo prefería llamarlo río de oriente. Además, la conexión con NY no me molestaba en absoluto. Entonces no conocía todavía la ciudad de los rascacielos, y no era para mí la ciudad mítica en que se convirtió tras visitarla, pero ya me llamaba mucho la atención.

Una vez en NY, encontrarme con el río con el que me había bautizado significó, qué cosas, algo importante. Hubo incluso un punto de emoción. Me quedé mirándolo y fue casi como un bautizo mental. Cruzarlo por el puente de Brooklyn, contemplarlo desde el otro lado de Manhattan, mirarlo en silencio, navegarlo incluso cuando dimos la vuelta a la isla… Qué cosa estúpida somos a veces los humanos. Tenemos pequeños rituales mentales que nos atrapan como en un embrujo. Y a veces nos sorprenden hasta a nosotros mismos.

Aquí, presente en una imágenes, el Eastriver de NY.

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