Una ventana es una de las cosas más universales del mundo. Tener ventana implica tener casa, hogar, aunque también tienen ventana los hospitales, las cárceles, los ministerios, las oficinas, las escuelas y los palacios de los millonarios. Por las ventanas nos asomamos al mundo, lo vemos, observamos el frío de fuera tras los cristales. Por las ventanas contemplamos las vanidades de las gentes, pero también sus injusticias. A veces sus grandezas. El compromiso de nuestros vecinos, sus celebraciones. La ventana cierra y abre, a voluntad, lo que queremos ver, y lo que queremos mostrar.

Hay ventanas urbanas, más impersonales. Otras, como las de esta entrada, rurales. Éstas últimas, y sus visillos, han sido un potente objeto literario. Mirar fuera, que es lo que hace el lector: un ejercicio que equivale a mirarnos a nosotros mismos. Mientras, se despliega un universo poblado de seres que elevan el prototipo a causa: la mujer fisgona (siempre ella), el escándalo (siempre a causa de ella), la hipocresía (que eso sí que nos ha alcanzado a todos). El pueblo es el microcosmos, y la ventana el potente microscopio que nos lo hace presente.

La ventana es burguesa, como la literatura. Como el arte. Puede que como la vida.

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