Esta tarde he estado en la manifestación independentista de Barcelona. No sé de cálculos de asistentes y de estas cosas. Sólo sé que la de hoy ha sido la manifestación más multitudinaria a la que he asistido nunca (y mira que las ha habido multitudinarias: contra ETA, por el atentado de Hipercor, por la muerte de Miguel Ángel Blanco o Ernest Lluch, la mítica del NO A LA GUERRA o la que protestaba por los recortes del Estatut, en junio de 2010). Ha sido tan multitudinaria que, por primera vez en mi vida, no me he atrevido a entrar en el recorrido oficial (Pg. de Gràcia y Via Laietana), pues cada vez que lo intentaba (por Diagonal, por Mallorca, por Aragó, por Consell de Cent, finalmente por Gran Via) un tapón de gente me lo impedía. Así que yo me he tenido que manifestar, con muchísima otra gente, por Rambla de Catalunya. Ante la imposibilidad de estar en lo que en catalán llamamos “el rovell de l’ou”, es decir, el epicentro, he visto la otra manifestación, la paralela, la de familias y más familias paseando, estelada al hombro por las calles adyacentes. Literalmente, ha sido una impresionante marea humana en Barcelona, invadida por tantas y tantas banderas independentistas. Desde la calle Urgell, desde lo alto de Gracia (plaça Lesseps, que es donde he empezado yo), desde el Passeig de Sant Joan. Una marea estelada.

Porque se ha tratado inequívocamente de una manifestación independentista. No de una manifestación en favor del Pacto fiscal, o del federalismo, o del autonomismo, o de un catalanismo vago. No puedo evitar recordar que las manifestaciones independentistas de hace sólo cinco, cuatro años, tenían una afluencia de, como mucho, unas quince mil personas. Supongo que todos deberíamos pensar seriamente el motivo de este aumento. Pero yo ya no quiero.

No quiero hacer pedagogía, porque la he hecho muchas veces y siento que no sirve para nada. Existen apriorismos muy difíciles de vencer. Tampoco quiero analizar por qué hemos llegado al sitio donde nos encontramos. Tengo mi propia idea, y digamos que se veía venir: todavía recuerdo cuando Montilla habló de que se empezaba a notar en Catalunya una “desafección” hacia España y nadie quiso escucharle. También puedo defender, incluso con enfado, que me he sentido maltratado por España en tanto que catalán, y además en varias ocasiones (y visto lo visto, no debo ser el único). En fin, puedo teorizar, incluso biográficamente, hasta el infinito. Pero no me apetece. Nada de eso me apetece.

Sólo deseo que se respete la voluntad de la gente, que no se tema a la democracia, que se puedan vehicular maneras para que todos podamos expresarnos en libertad. Que los políticos de mi país respondan a la voluntad de la gente sin engaños. Y que tomemos sencillamente el camino que desee la mayoría. Pero no a cualquier precio: sin una verdadera justicia social de fondo, yo no me muevo.

Por mi parte, si un día conseguimos separarnos de España (que ya sin ambages, es lo que yo quiero), sé que no voy a separarme ni de la gente a la que realmente quiero, ni de una lengua, una tradición y una cultura a las que respeto y con las que me siento muy vinculado.

QUE SÀPIGA SEPHARAD QUE NO PODREM MAI SER SI NO SOM LLIURES. I CRIDI LA VEU DE TOT UN POBLE: “AMÉN”. (Salvador Espriu)

(Las dos fotos primeras son de la prensa. Evidentemente las retiraré si se me pide. En la tercera puede verse una de esas calles adyacentes: eso no era la manifestación, era gente que no podía acceder a ella. Y la última recoge el deseo mayoritariamente expresado esta tarde)

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